Palomino estaba ahí acostadito, quietecito entre la verde hierba. Sus alas estaban encogidas, sus ojos rojos abiertos, fijos en el cielo. Por su cuerpo circulaban las hormigas. Su vientre hinchado hedía. Sin embargo, Palomino conservaba su forma. Hacía poco tiempo que había entrado en ese estado. No pudo evitar la pedrada que dejó su visión en blanco. Nada pudieron hacer las demás palomas que volaron despavoridas ante la lluvia de guijarros.
Las palomas no pueden darse el lujo de soñar. Viven al día, duermen en el campanario y se pelean por cada migaja de bolillo que tiran los viejecitos mientras intentan escapar del olvido. Aquel día fue diferente. No había viejecitos, niños ni globeros. Desfilaron aquellos jóvenes que pretendían cambiar el mundo. Palomino estaba anonadado. De repente un estruendo rasgó el viento. Aquella masa humana inmensa empezó a convulsionarse. Palomino observaba todo, quieto desde su rama favorita. Había fuego, gritos, llantos... Al instante seguiente todo se volvió confuso. La enorme ameba se apaciguaba. El universo daba vueltas, vueltas y vueltas.
Por Rosa Lydia Alarcón Vázquez
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