Encontré el cajón. Al abrirlo crujió, adentro había una caja, la sacudí y después la abrí, contenía un frasco transparente y dentro de él una canción sofocada. Se veía agobiada, melancólica y jasta creo haber distinguido pequeñas heridas bajo sus ojitos húmedos.
Levanté el frasco para contemplar a la trémula canción, que me miró transmitiéndome su abandono. Entonces comencé a destapar el frasco, la canción se quedó inmutable.
El aire entraba dosificado; la canción respiró, creí que saldría en el acto, jubilosa, pero no. Permaneció arrumbada en el fondo, com exangüe. Di golpecitos al vidrio, pero la canción no reaccionaba, entonces me percaté de que tenía un ala rota.
Tomé unas gotas de luz y se las dejé caer en el ala, ella se agitó de inmediato, miró la salida con ansiedad y se disparó en una trayectoria vertical hasta el punto más alto que su existencia le permitió alcanzar, sin cuestionarse, sin mirar atrás y anhelante de encontrar su extraviado ritmo.
Por Diana Leticia Nápoles Alvarado
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