Mi presente comenzó a desatornillarse en una de sus esquinas desde hace una semana. Al principio no me importó y lo dejé seguir pedaleando. Después de dos días, al observar un pájaro amarillo, noté que su aleteo era pesado e inusual, los tulipanes de las macetas se cerraban como si el atardecer los amenazara con su despedida, de los árboles secos por el invierno brotaban retoños moribundos y una sensación de náusea me sobrevino. Entonces comprendí, me senté en la silla de mimbre, llamé a mi amigo el temponauta y me tranquilizó, asegurándome que arreglaría todo. Esperé hasta que un niño entró a la alcoba y me dijo: "Abuela, ¡despertaste!".
Por Diana Leticia Nápoles Alvarado
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